Ventana del calendario de adviento
el 3 de diciembre
La historia del duende navideño Anton y su tren mágico
En lo profundo de un bosque de pinos cubierto de nieve, donde el aire era tan puro y fresco como la nieve recién caída, vivía un pequeño duende navideño llamado Anton. Con sus mejillas rojas y su gorro puntiagudo que parecía una torrecita en la cabeza, era el alma alegre del pueblo de los duendes. Faltaba poco para la Navidad, y la emoción flotaba en el aire como el dulce aroma de canela y galletas recién horneadas.
El taller de los duendes, donde Anton vivía y trabajaba, estaba lleno de actividad. Regalos volaban por todos lados mientras los duendes, felices, los envolvían con cintas de colores y papel brillante. Pero en el corazón de Anton surgía una idea muy especial. Miró por la ventana hacia el paisaje nevado y vio la estación del trineo, donde Santa Claus cargaría los regalos en Nochebuena.
“¿Y si construyo un pequeño tren?”, pensó Anton con brillo en los ojos. “¡Podría llevar los regalos directamente del taller a la estación!”
Con una sonrisa decidida, Anton se puso manos a la obra. Podía olerlo casi de inmediato: el aroma a madera recién cortada mezclado con el dulce olor del pan de jengibre. Primero, reunió ramitas y palitos y construyó cuidadosamente varios vagones. Con cada clavito que ponía, sentía cosquillas de emoción en los dedos. Era como si cada martillazo liberara un poco de magia.
Rápidamente colocó las vías: recogió piedritas brillantes de un arroyo cercano y las alineó para formar una pista lisa para su tren. Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana del taller, la vía estaba lista—brillaba como el regalo más bonito del mundo.
Los demás duendes miraban con curiosidad mientras Anton armaba su locomotora. Usando cajas de colores y engranes viejos, creó una verdadera joya—resplandecía como una estrella dorada en el cielo. La emoción crecía cada minuto. El sonido de los martillos se mezclaba con risas alegres, flotando en el aire frío como una canción navideña.
Finalmente llegó el momento. Con una campanita, Anton dio la señal para la primera prueba. El traqueteo de las ruedas sobre las piedras sonaba como la risa sincera de su mejor amigo Kalle.
“¡Allá vamos!” gritó emocionado mientras veía al pequeño tren subir el primer montículo con los primeros regalitos a bordo.
El silbido del vapor rompió la tranquilidad de la mañana invernal—¡era música para los oídos de Anton! Como un capitán orgulloso, dirigía su tren a través de la nieve brillante, mientras los copos bailaban desde el cielo como haditas de azúcar. Cuanto más se acercaban a la estación del trineo, más sorprendidos estaban los duendes por la genialidad de Anton.
Al llegar, Anton sintió un gran alivio. Santa Claus ya los esperaba—su traje rojo oscuro brillaba bajo el sol y su sonrisa era cálida como el chocolate caliente.
“¡Maravilloso trabajo, Anton!” exclamó con entusiasmo mientras aplaudía. “¡Gracias a ti, llegaremos más puntuales que nunca!”
Al final del día, todos los duendes se reunieron alrededor del gran árbol de Navidad en el taller. Anton vio el brillo en sus ojos—una mezcla de admiración y alegría por la aventura compartida. Y mientras comían galletas y tomaban ponche caliente, Anton supo en su corazón que la Navidad no se trataba solo de regalos, sino de estar juntos y compartir con amor.
Así fue como Anton no solo se convirtió en el héroe del día, sino también en el corazón de su pequeña comunidad—el tren se volvió símbolo de unión y creatividad. Y cada año, en Navidad, recordaban ese día tan especial en que un pequeño duende cumplió un gran sueño.
Fin
Las estrellas brillaban en el cielo durante la primera nevada—y las risas de los duendes navideños seguían resonando en el bosque como una melodía alegre de sueños navideños.


